Historia y memoria en piedra
El Castillo de Oreja se alza majestuoso sobre un espolón rocoso que domina el río Tajo, testigo silencioso de siglos de historia, frontera y abandono. Esta fortaleza, que fue la antigua Aurelia romana, guarda en sus muros la huella de civilizaciones y batallas que marcaron la región.
Un enclave estratégico
Su ubicación sobre el Tajo no es casual: controlaba un vado natural vital para el paso y la defensa del territorio. La fortaleza andalusí fue conquistada por Alfonso VII tras un prolongado asedio de seis meses, marcado por el hambre y la sed que finalmente doblegaron a sus defensores.
El pueblo que creció bajo sus muros
Bajo el castillo se desarrolló una villa que, con el tiempo, fue abandonada. Hoy, sus calles y casas arruinadas son un eco del pasado, invadidas por la vegetación que reclama lo que una vez fue suyo. En 1959, el silencio se hizo definitivo, dejando solo la memoria en la Ermita y el pequeño cementerio cercano.
Un recorrido visual y emocional
Este viaje visual se divide en tres ambientes: la fortaleza, con planos épicos que muestran su poder defensivo; el poblado, con planos cercanos que reflejan la huella humana desaparecida; y el cementerio, con planos silenciosos que cierran la historia con una nota de memoria y respeto.
La presencia eterna del Castillo de Oreja
El castillo, aunque dañado y frágil, permanece como símbolo de resistencia y permanencia. Su imagen recortada contra el cielo al atardecer es un cierre poderoso que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo y la historia que aún vive en estas piedras.
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